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La Caldera de Bandama es el resultado de una gran explosión en el cono volcánico de Bandama, acaecida hace unos 5.000 años cerca de El Monte Lentiscal, entre los municipios de Santa Brígida, Las Palmas de Gran Canaria y Telde, en Gran Canaria, España. 
Esta caldera de explosión tiene unos 220 metros de profundidad y un diámetro de alrededor de mil metros. Está situada a unos 569 metros de altitud, y es una de las calderas de explosión más grandes de Canarias. El Pico y la Caldera de Bandama constituyen un conjunto de gran valor científico; no en vano fueron declarados por el Instituto Tecnológico Geominero de España como Punto de Interés Geológico. Allí se pueden observar diferentes cenizas y estratos volcánicos, así como variados ejemplares de flora canaria. 
La Caldera de Bandama es un monumento natural que forma parte del Paisaje Protegido de Tafira. Se puede acceder al pico de la caldera por carretera. Hay transporte público en las cercanías. Para bajar a la caldera hay que hacerlo a pie, por un camino resbaladizo y de bastante pendiente desde el que se disfruta de sus vistas. 
El nombre de Bandama proviene de un comerciante holandés (apellidado van Damme) que en el siglo XVI se asentó en la zona y cosechó vinos en el fondo del cráter, donde ahora hay una granja abandonada.

DESCRIPCION

El comienzo del camino, que se adentra por sus paredes laterales para descender hasta el fondo del cráter, está señalizado entre las casas que se encuentran al borde de su gran hueco de un kilómetro de diámetro. Una sólida puerta de hierro pintada de negro invita a entrar (en horario diurno: a partir de las 17.00 horas es cerrada hasta la mañana siguiente). Los ojos comienzan a revolotear y a viajar desde la altura por este enclave. En claros zigzags comenzamos un descenso que durará aproximadamente 35 minutos. El camino está muy marcado y no ofrece dudas de nuestro destino final. 
La vegetación chilla y se apodera de tantos sitios como puede, con una misteriosa y cosmopolita mezcla. Las palmeras canarias y los eucaliptos dispersos alternan con una variedad de colorida flora que nos saluda todo el camino (vinagreras, lentiscos, acebuches, cardones, tabaibas). Nos sumergimos poco a poco en las profundidades de la caldera. El ruido se queda atrás, el rastro del mar en el horizonte desaparece. Das vueltas sobre ti mismo y lo único que ves son las paredes envejecidas de picón (lapilli). Detrás de nosotros, queda el pico de Bandama, desde donde hay una panorámica bellísima de este paraje. 
 Desde nuestra perspectiva de silencio, miramos en el fondo los restos de unas terrazas de cultivo. También observamos dos eras, confundidas entre los matorrales, las pitas y las higueras canarias. Hay una planta que merece que ser nombrada, aunque difícil de identificar por su rareza ya que únicamente se puede encontrar en este lugar. La bautizaron con el nombre de Parolinia glabriuscula y es un arbusto que puede llegar al metro y medio de altura con flores.
El fondo de la caldera puede ser disfrutado con un camino circular que la surca y desde donde podemos ver sus distintas perspectivas. Normalmente, el único habitante de estas profundidades es un burro (Perico) que en ocasiones hace el recorrido de ida y vuelta con la persona que se encarga de abrir y cerrar el acceso a los caminantes. Tras entretenernos observando las antiguas y semiderruidas construcciones, nos preparamos para afrontar la vuelta por la misma ruta. Encontramos una enorme utilidad a los zigzags para salvar un desnivel tan pronunciado. Aunque hemos bajado por aquí, se vuelve a adueñar de nosotros la sensación de novedad de la ruta. En 45 minutos salimos a la superficie y llegamos a la cancela de hierro.